Todas las demás barreras tienen una solución razonablemente sencilla. Una bañera se cambia por un plato de ducha a nivel. Un pomo se sustituye por una maneta. Un escalón de entrada se resuelve con una rampa bien calculada. Una puerta estrecha se ensancha. Son obras molestas, pero acotadas.
La escalera no. No se puede hacer menos empinada sin rehacerla entera, y ampliarla significa quitar superficie a las habitaciones de al lado. Por eso lo que suele pasar es un ajuste silencioso: primero se dejan de usar el desván y el trastero, después se baja menos al jardín, y al final el dormitorio se muda al salón de la planta baja. La casa no ha cambiado; ha cambiado lo que se puede usar de ella.
Ante esa barrera hay dos dispositivos posibles. El salvaescaleras lleva a la persona sentada por el propio tramo de escalera: funciona en escaleras rectas y anchas, con alguien que se desplaza solo, pero obliga a sentarse y levantarse, resta ancho útil a la escalera y no sirve para subir con andador ni con las manos ocupadas. Lo comparamos en detalle en ascensor y salvaescaleras.
El ascensor doméstico elimina la barrera en lugar de sortearla: se entra de pie, con andador o con silla, y se sube igual que se subiría en cualquier edificio. La objeción habitual es la obra, y ahí hay un malentendido que merece aclararse: los ascensores unifamiliares que funcionan sin foso ni sala de máquinas se pueden instalar en una casa ya construida, y la intervención estructural principal es abrir el paso entre plantas.